Por Jaime González, Técnico de Proyectos de Conkistadores, La Nueva Formación.

Coronamíname, mézclate conmigo

que bajo mi rama tendrás abrigo.

– Ana Belén y Víctor Manuel

Cuando salgamos al exterior, el mundo parecerá un gran gimnasio. No lo digo yo, lo dicen las decenas de miles de vídeos de Youtube con títulos tan cortos como: fat burning cardio fitness home full workout total… que asaltan a mis ojos como recomendaciones obligadas bajo mi periodo de “confinamiento”. Y es que… lo que parecía un dulce encierro almibarado con mi familia, se ha convertido en días de disciplina carcelaria. En parte lo agradezco, ya va siendo hora de hacer algo de ejercicio. Además… cualquiera sabe lo que puede suceder con la gente que se pone superfuerte con estos videos en sus casas y almacena papel del váter de manera compulsiva.

Así que, aquí estoy, pariendo abdominales mientras mi madre se lleva las manos a la cabeza cuando me ve tendido en el suelo con posturas imposibles y viendo videos de gente que ha entrenado hasta las orejas.

– ¡Me voy a poner cuadrado, mamá!
– ¡Tú no te descalabres, que ahora está la cosa muy mal en los hospitales! ¿Ya te has reunido con los del trabajo raro ese? ¡¡Que ahora me toca a mí!!.

Por cierto… no me he presentado. Soy Jaime y os escribo desde Sevilla. Ahora que hace más de una semana que estamos en casa (todos juntitos) por un virus que se ha coronado como el rey de las calles, a mi madre y a mí nos han puesto a teletrabajar. A mí me va genial porque, por fortuna, tengo flexibilidad horaria, no pierdo mis funciones y todos los días tengo contacto con mis compañeros. Esto me hace llevar las cosas con una naturalidad pasmosa, digna de quien es capaz de tomar el control en situaciones catastróficas. Pero mi madre… Amigos míos, esa señora sí que no lo lleva nada bien. Cuando se pone los cascos, grita a sus compañeros de trabajo como si me tuviera que enterar yo. Parece que esté con ella misma en “estado de alarma”.

Antes de este apocalipsis improvisado, yo trabajaba de teleoperador en una conocida marca de telefonía móvil cuyo logo es rojo. Imaginaos el plan: sólo me reía cuando algún que otro despistado me llamaba diciendo que se le había bloqueado el móvil, que a ver si le podía dar el código PUS. Así que, como si de un regalo de reyes se tratara, abandoné ese pesebre laboral en Sevilla y me fui a conkistar Badajoz trabajando con un equipo que me ha tratado como si fuera de su familia (y del cual me siento muy orgulloso).

Ahora sí me río todos los días, y tengo la posibilidad de desarrollarme profesionalmente en el ámbito de la educación (puesto que soy licenciado en pedagogía; lo de los pies no, lo de los niños) y de aprender cosas nuevas (ahora de manera remota). Ellos lo saben: Jesús, Hugo, Alba, Elena, Ruth, Gema… Muchas veces no me veis alegre porque no soy la alegría de la huerta, pero crezco alegre con vosotros porque sois la huerta de la alegría (¡Ala! ¡¡Estoy botando de la alegría!!).

Mi día a día sobrellevando esta situación es eso, humor y amor, y tratando de llevar una rutina carcelaria en cuanto a disciplina y horario se refiere, aunque alguna que otra vez no lo consigo (no puedo ser perfecto en todo).

Mis días los invierto en ser el pesado de las videollamadas a mi familia, el de los mensajes con corazones o megacorazones, el que lee cosas raras (Idea Vilariño, Robert Walser, Luís Alberto De Cuenca y Nicolás Gómez Dávila son mis últimas adquisiciones), el que juega al ajedrez con esa ***a máquina que siempre gana, y, aun así, mantiene la esperanza de ser un Bobby Fischer.

También soy el que hace ejercicio para llegar a la oficina como Rambo, el que es capaz de tragarse videos de clases enteras de filosofía de Ernesto Castro (comprobarlo vosotros y veréis que es todo un reto), el que acaba de descubrir otro compositor de música clásica (otro para el body) Stephen Heller (mientras escribo escucho su Etude Op.45 No.2 – L’Avalanche Allegro), en ser el famoso escritor que os escribe estas tonterías… ¡Y BASTA YA PORQUE PUEDO MORIR DE UN INFARTO DE PEDANTERÍA! ¡Un abrazo corazones!

PD: Entre la multitud de dones que he descubierto que tengo ahora, uno de ellos es el de la pintura. He hecho un óleo muy ambicioso. Le pondré de nombre “Bodegón Coronavírico” porque, además de que se ve que faltan cosas… no sé por qué, pero todas ellas están muy separadas entre sí. ¿No creéis? Aunque… lo mismo… el que veis ahí arriba con ese cuadro de mierda… cuando pase esto, el año que viene lo está exponiendo en el Louvre. Jejeje.

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