Gracias Covid19

Por Jesús Martín, CEO de Conkistadores, La Nueva Formación

Quiero aprovechar mis primeras líneas para dar las gracias a Covid19. Gracias por darnos una oportunidad para el cambio como individuos y como humanidad.

En estos días de confinamiento, he tenido la oportunidad de dedicarle horas a un compañero que teníamos olvidado: el silencio.

En 2006, el doctor Bernardi estudió los beneficios que tenia en el cerebro el silencio. Durante su investigación, se dio cuenta de que el mayor estado de relajación se alcanzaba, no con un tipo de música u otra, sino durante las pausas en silencio entre pieza y pieza.

Antes de ese momento se sabía que hacer deporte estimulaba el crecimiento de las neuronas en el hipocampo, la parte encargada de la memoria. Pero lo que se desconocía es que, el silencio, hacía que las neuronas se multiplicaran. Dos horas de silencio al día provocan un mayor efecto sobre la neurogénesis que cualquier otro estimulo.

En resumen: el silencio hace que nuestro cerebro piense más y mejor.

Durante este confinamiento, los coches han parado, los ruidos de maquinaria ya no retumban y el sonido bullicioso de las calles llenas de gente se han detenido. Todo eso ha cambiado por el canto de los pájaros (que parecía que no existían en las ciudades), la brisa sopla más limpia y el rumor de la lluvia de abril se mezcla con los rayos de sol que atraviesan las ventanas de cada una de nuestras casas. Maravilloso.

Mis días de confinamiento están siendo una explosión de pensamientos, de ideas nuevas y de lecturas que me llevan a reflexiones más o menos realistas.

Pero si queremos tocar la realidad… No hay nada más real que poner los pies en la tierra. Para ello, me gustaría hablaros de algo que ha sucedido en estos días en mi familia.

Hace más 4 generaciones (aproximadamente 250 años), mi bisabuelo (un rudo guardia civil de alta graduación) quiso emprender en el oficio más digno del mundo. Y cientos de árboles (cerezos, castaños, higueras, olivos…) fueron plantados en el precioso Valle del Jerte (Cáceres). Muchos de esos árboles han sobrevivido conflictos armados (nuestra Guerra Civil), epidemias (la gripe española), cambios de gobierno, golpes de estado (“quieto todo el mundo”) y varias crisis económicas.

Quiero que os imaginéis una cascada de agua cristalina en la que las gotas rebotaban en piedras cubiertas de musgo. Miles de cerezos en flor que cubrían las montañas de un color blanco parecida a la nieve más pura. Incluso, podéis intentar sentir el olor del atardecer y los rayos de sol acariciando vuestra piel. Os aseguro que, en muchos momentos de mi vida, he pensado que me encontraba en el paraíso. Llamadlo como queráis: Valhalla, Olimpo, El Edén… Lo importante es que, cada gramo de tierra de ese lugar, estaba lleno de vida. Una vida en la que, durante generaciones, confiábamos que sería eterna.

El día que empezamos el confinamiento, recibimos una llamada. En ella nos advertían que algo extraño sucedía en nuestro “Rivendel Extremeño”.  Inexplicablemente, miles de árboles abandonaron su magia y aparecieron con todas sus hojas, ramas y flores secas. 250 años de una feliz estabilidad se habían hecho pedazos. Y aún no sabemos qué pudo pasar. Pero atravesamos por las siguientes fases:

  • La primera fase fue de impacto. Nos enteramos del suceso, pero no nos lo podíamos creer. Es posible que nuestra reacción fuese de mero estupor, incredulidad y falta de asimilación.
  • La segunda fase fue la de negación. Fue la más complicada, ya que en mi familia surgió como mecanismo de defensa emocional. Dependiendo de la personalidad de cada uno, hemos desarrollado rabia, sentimientos negativos y un intenso dolor.
  • La tercera etapa es lo que mucha gente entiende como el duelo en sí. La dificultad de enfrentarnos a esta nueva circunstancia nos provocó tristeza y pena.  Ya no hay rabia ni enfado, sino una progresiva asimilación de lo ocurrido.

Finalmente llego la aceptación y, a partir de ese momento, empezamos a buscar soluciones para que nuestros árboles volviesen a florecer en un futuro.

El silencio me ha llevado a pensar que, quizás, esta historia tenga mucho que ver con la historia de cada uno de nosotros en estos días. Por eso, propongo a mi eKipo (Cristina, Gema, Ruth, Paola, Hugo, Alba, Jaime, Elena, Mafalda) y a mi familia (Concha , Concha 2, Jesús y Jesús 2) un reto: una vez lleguéis a la fase de aceptación, intentéis buscar y encontrar dentro de vosotros aquellas características que nos harán enfrentarnos a este proceso de cambio y nos llevarán a florecer.

Nuestro ADN es aquello que llevamos dentro, aquello que nos identifica en los días oscuros:

  • Los Conkistadores están preparados para superar los miles de obstáculos y barreras que se encontrarán por el camino. Creen ciegamente en sus posibilidades y su gran capacidad de convicción les lleva a adelantarse a sus competidores (ya que no les tiembla el pulso a la hora de tomar decisiones).
  • Los Conkistadores afrontan los inevitables cambios de planes que se van sucediendo.
  • Los Conkistadores están dispuestos a trabajar duro, mucho más duro que los demás. Están preparados para que un sin fin de contratiempos les tumben. Quieren aprender a levantarse las veces que haga falta.
  • Los Conkistadores buscan ideas constantemente y muy distintas a las ocurrencias que tienen el resto de profesionales.
  • Los Conkistadores no tienen miedo a arriesgarse. Esto no significa que sean unos inconscientes. Quieren aprender a evaluar los riesgos y están dispuestos a ponerse el mono de trabajo para avanzar con paso firme.

Conkistadores, os tengo que decir que los árboles no van a morir. Simplemente se están adaptando. Van a sobrevivir y, el año que viene, serán más altos, más verdes y podremos saborear las cerezas que colgarán de cada una de sus ramas.

Por cierto, son las mejores cerezas del mundo.

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