Del Coronavirus y la goma de borrar fronteras

Por Ruth Farrona, Directora de Operaciones de Conkistadores, La Nueva Formación

Aquellas personas que se dediquen a “archivar” para la memoria colectiva de generaciones presentes y futuras, en uno u otro soporte, – analógico o digital -, toda la información que se está generando en torno al COVID 19, deben ser uno de los gremios más estresados de toda la pandemia.

Y es que tan ingente es el número de artículos, de intervenciones de especialistas en todos los medios, de comparecencias públicas de más o menos calado, de material audiovisual con mayor o menor soporte científico, de todo lo que la ciudadanía producimos en redes, – utilizándolas como salida de atrás de nuestro confinamiento -, que aquella biblioteca caleidoscópica e infinita que Borges describió en su cuento, símbolo del Universo conteniendo todos los libros posibles, debe estar casi a tope de su capacidad.

Precisamente, de uno de esos temas que han dado mucho de sí en estos días (23 ya, hoy que es 6 de abril de 2020) y en el que se manifiesta que, este virus, tiene en su genoma un cierto componente de doble personalidad. De ying y yang, de cal y arena o, como diría Chenoa: de cuando tú vas, yo vengo de allí. En esto último me quiero detener:en el COVID19 y las fronteras.

Pues sí. La pandemia ha puesto de manifiesto que esas fronteras que los humanos nos empañamos en dibujar en los mapas son falsas y ficticias. Al menos, en cuanto a los virus se refiere. Así, el Oriente fue lejano hasta que la curva de Italia nos puso las orejas como las pone el gato de mi madre cuando tocan al timbre de la puerta. Y el Atlántico es ahora, más que nunca, un charco que cruzar. Y si no que se lo digan al alcalde de Nueva York y a la Estatua de la Libertad, a la que nunca se la vio tan taciturna como ahora.

Sin embargo, estamos viendo como países, ciudades e incluso Azahara de la Sierra cierran sus murallas en un intento de mantenerse a salvo del contagio. Pero de las fronteras desdibujadas por este virus, como si de una goma de borrar se tratase, de las que realmente quiero hablaros son las relacionadas con las dimensiones Espacio-Tiempo y sus vínculos con la cotidianeidad.

Me explico: si hace un mes mis compañeros hubieran aparecido en mi salón, aunque fuera a través de la pantalla del ordenador, lo hubiera considerado una irrupción en mi espacio-personal. Igualmente, si por entonces, hace tan solo 23 días, ante la insistencia del despertador, mi hijo de 8 años me hubiera pedido diez minutos más en la cama, le habría dicho que ya tendría tiempo de hacerlo el fin de semana. Y ahora, voy y me recuesto a su lado, y los dos disfrutamos del momento.

Pero no queda ahí la cosa. Qué decir de la división que yo tenía tremendamente definida entre tareas cotidianas del hogar que odiaba y las que odiaba algo menos. Pues bien, el COVID19 ha dado al traste con esa clasificación. Y así ahora me he visto obligada a crear dos nuevas categorías: tareas con cierto encanto y tareas imposibles o de odio supremo. Entre las primeras está bajar la basura (que se ha convertido en un momento de esparcimiento antes infravalorado), y entre las segundas, las odiadas sin remedio, la de mantener la cocina en estado de revista.

Y así podría continuar con las fronteras ya desdibujadas entre el colegio y el cuarto de estudio, entre el tiempo libre y el ocupado, entre la bici de spinning en el gimnasio y la estática en el dormitorio, entre los protocolos de saludar en el ascensor y hacer como que no veíamos al vecino en el balcón de enfrente, del entre semana y el finde … Y eso que en la frontera Oeste, a pie de La Raya, ya sabíamos mucho de estar al límite en algunas cuestiones antes incluso de la llegada del COVID19.

En fin, en estas pequeñas grandes reflexiones ocupo mi #CoronaAventura. En esto y en cómo convencer al coronavirus de que cuando se vaya, me deje un trocito de su goma de borrar para aprender de él y hacer que las fronteras y los límites, tras su marcha, sigan siendo relativos.

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